Conocimiento | Firma invitada

No me estás escuchando

En tiempos de inmediatez, de multitarea, de estimulación continua... la escucha activa es un bien preciado al que hemos dejado de otorgar la enorme importancia que tiene.

Tengo una confesión: desde el principio del confinamiento me he dormido por la noche escuchando podcasts. Esto es terrible porque quiere decir que yo, que soy una coach y trainer y me dedico a hablar de la importancia de la escucha activa y la empatía, ahora duermo escuchando (o no) las palabras de los demás. Estoy entrenando mi cerebro a apagarse mientras escucho.

Creo que no soy la única que, de una forma u otra, ha reducido su nivel de escucha durante este tiempo tan desafiante, tan complicado. Con tanto trabajo online, ahora es posible hacer muchas tareas mientras trabajamos tranquilamente. Multitask dice la gente. Muchas veces, cuando estoy en una sesión de coaching virtual, veo que mi cliente está mirando a otra pantalla o a su teléfono mientras hablamos. Cuando amablemente señalo este afán por el multitasking, veo que no hay excusas o disculpas. Es algo que parece que no tiene remedio. Se pueden hacer dos cosas a la vez, sí, no pasa nada, me está escuchando, todo bien.

No sé por qué nos hemos acostumbrado a dar tan poco cariño a la escucha. Puede ser porque es un momento tan incierto y tan impredecible que tenemos miedo a escuchar. Parece que si ahora tenemos que aceptar lo inaceptable y hacer cambios drásticos que no queremos hacer, es mejor no oírlo. Cada vez que tengo o atesoro un plan que me excita o me emociona, escucho algo que lo destroza y mi alegría se convierte en tristeza y decepción, por lo que mi oído, ahora, está a medio gas, en bajo rendimiento. Me protejo. Es como no abrir un mail o un mensaje de WhatsApp que sabes que te va a hacer daño.

"ESCUCHAR MAL, O NO ESCUCHAR, ES PONER LÍMITES A NUESTRO ENTENDIMIENTO DEL MUNDO"

O quizás es porque nuestros cerebros están saturados. Tanta información/desinformación y novedad nos bloquea. A veces me encuentro viendo las noticias, leyendo y mandando un mensaje, leyendo un artículo y hablando con mi hija a la vez. Esto es saturación. ¿Qué estoy escuchando de verdad? ¿Qué atención estoy prestando realmente? He leído última-mente que el tiempo de escucha antes de que alguien interrumpa es de 11 segundos. Hace tres años era de 20 segundos. Vamos empeorando. Cada padre o madre tiene la sensación de que su hijo/a escucha más un Tik-tok o un vídeo de YouTube que sus palabras y muchas veces nos quejamos de esto.

Igual ahora tenemos demasiadas posibilidades para oír cosas y esta elección nos ha im-pedido afinar más este sentido. Es una pena, porque la escucha activa ¡es tan bonita! So-lamente prestando el 100% de atención podemos aprender muchísimo de una persona, de una cultura, de una situación… Todos estamos de acuerdo en que, cuando alguien des-cribe a una persona como “alguien que sabe escuchar”, es una cosa buena, es un halago y no una crítica. Entonces ¿por qué este 100% de escucha es tan difícil de conseguir?

Si pudiéramos bloquear toda interferencia y escuchar al otro sin multitasking, sin prisa, y escuchar no solo las palabras sino, también, lo que no está dicho, lo que está en y entre las pausas, lo que está en la música de la voz que nos habla…. sería maravilloso.

Queremos oír inmediatamente los resultados de una idea o de un pensamiento, pero no nos interesa el proceso y es en el proceso donde se consigue la comprensión.

La escucha es algo que practicas, o no, cada día. Si bien damos por sentada la escucha y a quien escuchamos y lo bien que lo hacemos, también olvidamos que esta circunstancia determina nuestras vidas para bien o para mal. Y, desde un punto de vista colectivo, nuestro poder de escuchar nos afecta profundamente social, política y culturalmente. Somos la suma de lo que escuchamos, de lo que atendemos en la vida: la voz calmante de nuestra madre, la confidencia de un amigo, el susurro de un amado, las enseñanzas de un mentor, la ayuda de un líder, las burlas de un rival, etc. Todo esto es lo que nos forma y nos hace personas. Escuchar mal, o no escuchar, es poner límites a nuestro entendimiento del mundo y privar y cortar las alas a lo que nos hace mejores personas.

La naturaleza ha dado al ser humano una lengua y dos oídos, para enseñarnos que más vale oír que hablar. ¡Bien dicho, Zenón!