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Aventura en Marruecos 2019
COMPAÑEROS: Francisco Javier, su amigo Roberto González y el coche en el que hicieron el recorrido.

Aventura. Creo que esta palabra es la que describe estos viajes en su esencia porque, a pesar de los meses de preparación de cada año, de llevar marcado hasta el último punto por el que queremos pasar en el GPS, de saber dónde vamos a dormir y qué vamos a ver, a pesar de todo eso, siempre es una aventura. Nos salimos del guion, nos perdemos, averiamos coches, conocemos gente, pasamos momentos de apuro, de nervios, de euforia… todo es un batido de sensaciones.

Igual no soy capaz de transmitir qué significa para nosotros, pero intentaré contaros cómo fue la última aventura. Por la mañana, mi compañero de viaje y yo ya teníamos todo listo, el coche cargado y los nervios disparados. Estábamos ansiosos por pisar África de nuevo, esta vez en un recorrido de ocho días por Marruecos que íbamos a hacer junto con otros tres coches. Cruzamos al país vecino en barco desde Algeciras y nos pusimos en marcha hacia nuestro primer destino, Moulay Bousselham, al que llegamos muy tarde, algo habitual.

Sidi Ifni: nostalgia y recuerdos de la España del pasado.

A la mañana siguiente, al alba, iniciamos una ambiciosa ruta de 846 kilómetros hacia Sidi Ifni y, como suele pasar, tuvimos que sacrificar alguna de las visitas previstas, como la playa de los Arcos. Allí, tras coger nuestras habitaciones, salimos a pasear por las calles que antaño fueron españolas, observando edificios que conservan nombres de tiempos pasados, como el cine Avenida. Descansamos escuchando el sonido del mar antes de la siguiente jornada, especial porque por fin dejaríamos las carreteras. Antes de salir fuimos al puerto a buscar hielo, un tesoro difícil de encontrar en Marruecos. No pude evitar viajar en mis recuerdos y sentirme de nuevo un niño en el puerto de mi vecina Algeciras.


Desierto: un paisaje mágico que cautiva tras conocerlo.

Por la costa

En las pistas de tierra y piedras, de vez en cuando teníamos que parar y esperar a los demás. Es la ventaja de ir en un coche que no corre mucho en la autopista, pero no importa si bajo sus ruedas tenemos asfalto, agua, arena o piedras. Y eso que tiene 31 años. Tras un altiplano, al fin divisamos lo que nos tenía ansiosos: la Playa Blanca.

Playa Blanca: 40 kilómetros por la costa en un entorno único.

Recorrimos casi 40 kilómetros por su orilla, literalmente, salpicando el parabrisas, levantando bandadas de gaviotas asustadas por el rugido de cuatro motores, dejando atrás cabañas de pescadores separadas a kilómetros unas de otras. Después de ver esto, sonrío cuando alguien me dice que ha estado aquí o allí en una playa virgen.

"AL VOLVER, NADA MÁS PISAR ESPAÑA, YA ESTÁBAMOS IMPACIENTES POR EMPRENDER LA SIGUIENTE AVENTURA"

Salimos de la orilla por el cauce de un río y, tras abandonarlo, cuando la conducción debería ser más suave, notamos que el coche no iba bien. Se había roto un soporte del motor y este estaba totalmente escorado, provocando un destrozo considerable.

En medio de la nada no nos quedó más remedio que repararlo y entre todos, como un verdadero equipo y tras varias horas, amarramos el motor como pudimos y retomamos la marcha. El contratiempo nos obligó a cambiar el itinerario, ya que el coche no estaba para los esfuerzos de la ruta prevista. Finalmente, tras hacer 380 kilómetros en casi 17 horas, llegamos de madrugada a Erg Chebbi, donde tuvimos que acampar bajo unas palmeras porque no encontramos hotel.


Amanece en el desierto

Al día siguiente, tras eliminar parte del recorrido, nos dirigimos a Merzouga, donde tenemos un amigo desde hace años que nos ayuda a conseguir las piezas que hemos roto. Dejamos el coche en el taller y nos fuimos al hotel de siempre a cenar.

A pesar de la avería, estábamos frente a las dunas y sin ninguna contaminación lumínica, por lo que nos invadía una sensación de paz y tranquilidad impresionantes. Al modificar el itinerario, ganamos un día y lo invertimos aquí, conduciendo por las dunas, visitando oasis, tomando té con los lugareños y dejando juguetes y ropa. También, gracias a Omar, nuestro amigo guía, vivimos la experiencia de cocinar en la arena, como hacen los nómadas, disfrutando de una típica comida que preparó un señor del pueblo.

Tras la estancia en Erg Chebbi, comenzamos el regreso, que nos llevó dos días. De camino, la primera parada fue un bosque de cedros donde tenemos como tradición acampar, ya que para nosotros es un lugar mágico. Después fuimos directos a Tánger, no sin antes regalar toda la ropa y juguetes que llevamos, además de la comida. Dormimos en Tánger y aprovechamos el día siguiente para pasear y hacer unas compras en el zoco antes de subir al barco. Como cada año, nada más pisar España, ya estábamos impacientes por emprender la siguiente aventura.