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Australia, un viaje a otro mundo
NATURALEZA SALVAJE. Daintree National Park, el bosque húmedo más antiguo de la Tierra (más que el Amazonas).

A pesar del largo viaje que hay que hacer para llegar hasta nuestras antípodas, merece la pena armarse de paciencia en el avión para conocer los paraísos que ofrece la isla.

No se me ocurre mejor forma de empezar a hablar de mi viaje que dando unos números del que, curiosamente, es el continente más pequeño de este planeta, Oceanía, pero donde se encuentra el sexto país más grande, Australia.

La travesía fue dura: dos vuelos y 30 horas para llegar y lo mismo a la vuelta. Llegamos un poco perdidos y nos arriesgamos a no saber dónde estábamos por unas horas. Los amigos aussies no ayudan mucho en estos primeros pasos y se cumple lo que tanta gente nos avisó: aunque son muy simpáticos… ¡no se les entiende nada!

DE COLORES. Casetas de playa en en Brighton Beach (Melbourne).

Australia es conocida como el país de los convictos porque a finales del siglo XVIII los ingleses entendieron que no poseía riquezas y la utilizaron para deportar a los presos de las cárceles en las que existía superpoblación. En esta curiosa isla estuvimos 29 días en los que tomamos cinco vuelos internos, con sus cinco coches alquilados.

En cada estado que visitamos predominaba un clima distinto. Es increíble pero vivimos todos ellos durante nuestro paso por Melbourne. En el viaje nos llegamos a alojar en 25 hoteles y visitamos Melbourne, Tasmania, Sydney, Ayers Rock, Brisbane, Gold Coast, Byron Bay (sin ver a Thor y a Pataky), Cairns... Más de 4.000 kilómetros en coche y experiencias que no puedo más que resumir e invitar a conocer.

BRISBANE. Skyline de la ciudad, capital del estado de Queensland.

Paraísos naturales

Vimos selvas tropicales, desiertos, montañas nevadas, ciudades jóvenes... Pero lo más destacable son sus playas. Visitamos Whitsunday Islands, la más bonita del mundo, y Hyams beach, la que tiene la arena más blanca; no puedo dejar de mencionar el ruido que producía andar por esa arena. También estuvimos en Fraser Island, la isla de arena más grande del planeta. En cada esquina había algo que era ‘lo más’ de este mundo.

PLAYA PARADISIACA. A la izquierda, Whitehaven Beach, en Whitsunday Island, galardonada varias veces como la más bonita del mundo. A la derecha, la Gran Barrera de Coral, un espectáculo natural del que no te cansas nunca.

En Australia también te encuentras con incontables parques nacionales, todos excelentemente explicados. Hay maravillas como la Gran Barrera de Coral o el curioso Uluru, una roca en medio de la nada en pleno centro de la isla que está regentada por aborígenes y por numerosas moscas. Los que la hayan visitado saben de lo que hablo.

Durante el viaje nos encontramos muchos animales en libertad y muy distintos a los que estamos acostumbrados a ver. Es un tanto increíble cruzarse con innumerables koalas y canguros como si tal cosa, con erizos y casuarios, con el famoso diablo de Tasmania (visita obligada a esta isla si decides ir a las antípodas). ¡Incluso vimos un ornitorrinco! Me lo señaló en pleno río un australiano que estaba con nosotros y empezó a gritar como loco “It´s a platypus!”. Por supuesto, tuve que mirar en el móvil que era un “platypus”, mi inglés no llegaba a esos niveles.

Un destino especial
GRAFITIS. Arte callejero en AC/DC Lane, en Melbourne.

Ha sido un viaje tan increíble que hasta estuve en la Opera House de Sydney viendo un ballet… ¡quién lo diría!

Para terminar, os doy unas recomendaciones: no olvidemos echar en la mochila unas dosis de concentración para recordar que se conduce por la izquierda y quedáis avisados de que hay muchos pobres wallabies apartados en los arcenes por atropello. Necesitarás también ropa para surfear y ropa de baño, que, aunque en muchas playas no está permitido entrar en el agua, hay multitud de ellas artificiales en cada ciudad.