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Rusia, monumental y nostálgica
SÍMBOLOS DE LA PATRIA. Monumento a los héroes de la Primera Guerra Mundial, en Moscú.

Por fin este verano nos decidimos a viajar a Rusia. Volamos desde Valencia hasta San Petersburgo y, tras alojarnos en el hotel, salimos a realizar una primera toma de contacto y nos impactó el frío que hacía, una rica tarde de verano a siete grados (¡dejamos Valencia a las seis de la mañana con 28 grados!).

Destaca el estilo europeo de la ciudad y sus numerosos canales y ríos. Esto se debe a que está alzada en pleno terreno pantanoso y Pedro I el Grande, que la fundó en 1703, la realizó a imagen y semejanza de las urbes europeas de la época. Recorrimos el imponente río Neva, disfrutando de una panorámica espectacular de la orilla de enfrente, admirando los edificios del Almirantazgo, el Ermitage, las cúpulas de las catedrales e iglesias y los numerosos puentes.

UN PAÍS ESPECTACULAR. Palacio de Peterhof.

Al día siguiente, comenzamos en el Ermitage, uno de los museos más grandes del mundo. Cuenta con cuatro millones de obras y dicen que si se dedica un minuto (ocho horas al día) a cada una, tardarías más de una década en verlo todo. Más tarde recorrimos la avenida Nevsky, la calle principal, contemplando las catedrales de San Isaac y de la Virgen de Kazan, el Palacio de invierno y su plaza, y el Jardín de verano. Fuimos también a la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, donde están los panteones de los zares rusos.

“En el kremlin, Frente a la tumba de Lenin, están las galerías GUM, repletas de marcas de lujo solo al alcance de unos pocos”

La jornada siguiente la dedicamos a Peterhof, una de las residencias veraniegas de Pedro I el Grande, formada por jardines con cascadas y fuentes espectaculares, diferentes palacios y pabellones llenos de obras de arte. De regreso a la ciudad visitamos la casa de Rasputín, curioso personaje que influyó notablemente en la historia de Rusia. Por la noche disfrutamos de todo un espectáculo como es el alzado de puentes (con música e iluminación), que se realiza en verano para permitir el paso de embarcaciones. ¡Cuidado!, porque los puentes no bajan hasta las cinco de la mañana y puedes quedarte bloqueado.

A la derecha, Moscú de noche y a la izquierda, vistas panorámica de San Petersburgo desde el río Neva.

Antes de despedirnos de San Petersburgo tuvimos tiempo de conocer la catedral de San Isaac (¡impresionante!) y subir a su cúpula para disfrutar de una panorámica espectacular. Otro punto de visita obligada es la Iglesia del Salvador de la Sangre Derramada, construida sobre el lugar donde fue asesinado el zar Alejandro II.


Moscú y el Anillo de Oro

El traslado a Moscú lo realizamos en el Flecha Roja, el legendario tren inaugurado por Stalin en 1931 que, pese a su antigüedad, cuenta con todas las comodidades.

En Moscú, el contraste con San Petersburgo se nota desde el primer momento. En todos los rincones podías encontrar monumentos en honor a Lenin, a los caídos en las distintas guerras o a los logros en la cosmonáutica, edificios de la época soviética y símbolos comunistas. La ciudad tiene numerosísimos puntos de interés y lo mejor para moverse es el metro, aparte de que cada estación es una obra de arte.

Una de las visitas obligadas es el Kremlin, con las catedrales de la Asunción, la Anunciación y la del Arcángel San Miguel, además de la Famosa Plaza Roja, donde no pude evitar pensar en los tiempos de la era soviética, con los tanques, ejércitos y ese ambiente entre bélico y de miedo. Ahí se encuentra uno de los grandes contrastes de la ciudad: frente a la tumba de Lenin, las galerías GUM, un enorme centro comercial repleto de marcas de lujo solo al alcance de unos pocos. De hecho, durante el viaje vimos la brecha que existe entre clases.

Iglesia de la Resurrección, en Rostov.

Continuamos nuestro recorrido por diversas ciudades del llamado Anillo de Oro (Rostov, Yaroslavl, Kostroma, Suzdal y Vladimir), localidades cargadas de historia donde pudimos apreciar la Rusia auténtica. En algunas iglesias asistimos a la actuación de coros, sin instrumentos y con una acústica impresionante.

Durante el trayecto, nuestra guía Natascha nos estuvo contando diversos cuentos rusos, todos ellos con final triste. Quizás esto, junto con el frío, explica el tan serio carácter nacional. En Kostromá, visitamos la residencia de Snegurochka, la casa de la nieta del Papá Noel ruso, mientras que en Suzdal, una localidad que es Patrimonio de la Humanidad, cenamos en la ‘dacha’ de una familia, con productos de su huerta y todos en su cocina. Fue la mejor comida de todas.

De regreso a Moscú, qué mejor que despedirnos con una visita nocturna. De día, la ciudad es una obra de arte en sí, pero de noche es de las mejores que he visto, ya que los edificios se embellecen aún más. Algo que hay que ver una vez en la vida son las fuentes de Park Povedi iluminadas de rojo en homenaje a la sangre derramada durante los 1.418 días de la ‘guerra patria’.

En las pelis, los rusos suelen ser los malos y siempre están enfadados. Habiendo comprobado que no es cierto, la gente es amable y el enfado es sólo en apariencia, regresamos a nuestra calurosa Valencia.