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HÍGADO GRASO: HAZ CASO A LAS SEÑALES

Se trata de una enfermedad silenciosa en su primera fase que hay que tratar en una etapa temprana para evitar que pueda derivar en otras patologías más graves.


La aparición de niveles elevados de transaminasas en los análisis rutinarios de sangre, sobre todo si además se acompañan de cifras elevadas de colesterol, triglicéridos y glucosa, no deberían pasar desapercibidos. Podría ser el inicio de una patología conocida como hígado graso, que engloba varios grados de lesiones hepáticas, y que no están relacionadas necesariamente con el consumo de alcohol. Actualmente, se considera que sería la afectación hepática dentro del denominado síndrome metabólico que incluye otras patologías como sobrepeso u obesidad visceral (abdominal), hipertensión arterial, diabetes o prediabetes por resistencia a la insulina y alteraciones de los lípidos (colesterol y sus fracciones, triglicéridos).

Su aparición está asociada a una alteración metabólica que se conoce como resistencia a la insulina, que está muy relacionada con la obesidad y el sedentarismo. Su principal consecuencia es una acumulación excesiva de grasa en las células de este órgano. Cuando esta supera el 10% de su peso, que es la cantidad habitual, nos encontramos con la llamada esteatosis hepática.

Es fundamental realizar revisiones médicas periódicas y acudir al especialista si aparecen señales como fatiga, malestar general o pesadez

Esta patología, que puede afectar a entre un 20% y un 30% de la población adulta según algunas estimaciones, suele manifestarse de manera silenciosa en los primeros años. Sin embargo, aunque los que la sufran se encuentren bien y no presenten síntomas aparentes, en más del 10% de los casos puede progresar hacia formas más agresivas como fibrosis o cirrosis.

La prevención como receta

Ante esta ausencia de síntomas y la relación con el estilo de vida sedentario, las medidas preventivas como perder peso, mantener una dieta saludable y realizar ejercicio físico son fundamentales para que esta patología no avance. Igualmente es importante realizar revisiones médicas periódicas y, en caso necesario, acudir al especialista sobre todo si aparecen síntomas como fatiga, malestar general y pesadez, o si persisten cifras elevadas de transaminasas en las analíticas que nos realizamos de forma periódica. Prestar atención a estas manifestaciones es clave, ya que si no modificamos nuestros hábitos esta enfermedad puede empeorar con los años hasta causar cicatrices. Es lo que se llama fibrosis, que puede derivar en cirrosis y provocar que el hígado deje de funcionar correctamente.

Aunque el especialista se puede ayudar de una ecografía, un TAC o una resonancia para su diagnóstico y estimar la gravedad de esta dolencia, la prueba concluyente del grado evolutivo de la enfermedad es la biopsia hepática, que precisará si el hígado está inflamado o dañado.

De momento no se dispone de medicamentos específicos para paliar esta patología. Por eso, a la espera de desarrollar un tratamiento efectivo, la mejor receta es prevenir.


La importancia de una dieta saludable
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Los expertos en el hígado graso coinciden en la necesidad de llevar una vida sana, donde el ejercicio físico y una dieta saludable son fundamentales para intentar frenar el avance de esta patología. En este sentido, es clave reducir los azúcares simples y las grasas saturadas, aumentar el consumo de fibra, así como los ácidos grasos omega 3, no pasarse con el aceite de oliva. También son recomendable alimentos como los pescados azules, las nueces, y frutas y verduras como el aguacate, las espinacas o el tomate.

En esa dieta hay que restringir las harinas blancas, el pan, la pasta, el arroz, la bollería industrial y otros azúcares. También la leche entera, las grasas de origen animal y, por supuesto, el alcohol.