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Canadá y Alaska, el viaje perfecto
NATURALEZA SALVAJE. Michelle y su padre en el Parque Nacional Denali.

Mi padre y yo siempre habíamos querido experimentar la belleza salvaje y virgen de Alaska, donde la diversidad del terreno ofrece infinitas oportunidades para el senderismo, las visitas turísticas y las actividades de aventura al aire libre. Pocos lugares en el mundo ofrecen una experiencia tan “alejada de todo” como Alaska, el más extenso de los estados que componen Estados Unidos y uno de los menos poblados. En general, Alaska está considerada como uno de los auténticos espacios vírgenes del planeta.

Vancouver y Seattle
EN LAS ALTURAS. Puente colgante sobre el río Capilano, en Vancouver.

Tras 11 horas de vuelo desde Londres, llegamos a la fascinante costa del Pacífico y a la cosmopolita Vancouver, mi ciudad favorita. Entre los lugares más destacados se encuentra la montaña Grouse, donde tomamos el teleférico hasta la cima y disfrutamos de la oportunidad de observar diversos animales de la reserva natural, como águilas, lobos y osos grizzly. También conocimos el barrio chino y el Queen Elizabeth Park, donde se encuentra el mirador más elevado de la ciudad. Después atravesamos el puente Lions Gate hasta llegar al parque donde se encuentra el puente colgante de Capilano, una pasarela de madera de 137 metros de longitud suspendida sobre el río. Caminar por él fue una experiencia increíble y sentí como si mi vida pendiera de un hilo mientras el puente se balancea.

Desde Vancouver cogimos un autobús hacia Seattle, ‘la Ciudad Esmeralda’, donde pudimos disfrutar de algunas vistas de la ciudad antes de coger un vuelo de tres horas hacia Anchorage, Alaska.

Anchorage, Alaska, y el monte McKinley

Anchorage es la ciudad más grande del estado de Alaska. Pasamos la noche en esta metrópolis encerrada entre montañas antes de encaminarnos a ‘lo desconocido’ de los parques nacionales y los espacios vírgenes de Alaska. Continuamos nuestro viaje y llegamos al hotel Mt. McKinley Princess Wilderness Lodge. Allí hicimos senderismo y admiramos el monte McKinley, vimos el atardecer y ¡disfrutamos de la compañía de los alces! Con un promedio de 20 horas de luz diurna durante los meses de verano, tuvimos tiempo de sobra para disfrutar de toda la maravillosa vida salvaje de Alaska y de algunos de los paisajes más espectaculares que hemos visto jamás.

Vista del monte McKinley y un alce en Alaska.

Parque nacional Denali

Muchos animales salvajes, como lobos, zorros rojos, alces, caribúes, lobatos y los tan reverenciados osos negros y grizzly tienen su hogar en el parque nacional Denali, repleto de preciosa flora durante los meses de verano.

El tren Rocky Mountaineer
VISTAS ESPECTACULARES. El tren Rocky Mountaineer permite disfrutar del paisaje gracias a su techo panorámico.

Hicimos un trayecto de diez horas en este tren panorámico para llegar hasta Whitter, ciudad situada en la costa del Pacífico, donde nos esperaba nuestro crucero. Sus enormes ventanales nos permitieron disfrutar de unas vistas deslumbrantes mientras bordeábamos las montañas. El tren nos condujo a través de imponentes parajes vírgenes y de algunos de los más espectaculares exponentes de la belleza natural del planeta. Embarcamos en nuestro crucero de siete días y navegamos hacia la Bahía de los Glaciares, Skagway, Juneau, Ketchikan y Vancouver.

“los glaciares son gigantescos y majestuosos, de tonos blancos brillantes y azules intensos, gélidos. hay que verlos para creerlo” El glaciar Hubbard y el parque nacional de la Bahía de los Glaciares

El primer glaciar que vimos fue el de Hubbard, al este de Alaska, que forma parte del territorio canadiense de Yukon. Al día siguiente zarpamos hacia el parque nacional de la Bahía de los Glaciares, que, sin duda, hace honor a su nombre, ya que hay más de 50 glaciares en la zona. Son gigantescos y majestuosos, de tonos blancos brillantes y azules intensos, gélidos, pero geniales; de verdad, hay que verlos para creerlo. Contemplamos los glaciares resquebrajarse, emitiendo un sonido que es como un trueno, y vimos cómo se desprendían bloques tan grandes como un edificio de oficinas. Cuando avistamos algunas ballenas jorobadas, el capitán apagó los motores del barco para que pudiéramos observarlas con tranquilidad.

Skagway, Alaska

Un recorrido a pie por el centro del pueblo nos permitió revivir el espíritu de la fiebre del oro. Tal vez Skagway sea un pueblecito pintoresco, pero ofrece una magnífica perspectiva de la Alaska fronteriza de aquellos tiempos. Visitamos el ferrocarril de la White Pass & Yukon Route (1898), una antigua estación de tren para trabajadores del oro que ahora es un fascinante museo que cuenta la historia de Alaska.

Juneau, Alaska

Sabía que Juneau sería genial, pero llegar y verlo en un día claro como el cristal y montañas hasta donde alcanza la vista fue increíble. Quedamos sencillamente impresionados por la presencia de paisajes y espacios naturales rústicos. En el puerto, tomamos el teleférico del monte Roberts para llegar a la cima de esta hermosa montaña y visitamos Nugget Falls, una cascada cerca del glaciar Mendelhall, que es una de las rutas más populares de Juneau. Esta zona cuenta con una extensa población de osos negros y resulta habitual ver alguno al practicar senderismo, como nos ocurrió. Hicimos mucho ruido para alertarlos de nuestra presencia, porque sorprender a un oso es una de las peores cosas que puedes hacer.

Ketchikan, Alaska

Nuestra última parada fue en la lluviosa ciudad de Ketchikan, comprimida en una estrecha franja de costa de la isla de Revillagigedo, situada junto a Tongass Narrows y más conocida por la pesca comercial del salmón. No hay mejor lugar en Estados Unidos para contemplar coloridos tótems en todo su esplendor.