Un poco de silencio, por favor
En la calle, en el trabajo, en casa… La contaminación acústica tiene demasiada presencia en la vida diaria, si bien la sociedad está cada vez más concienciada de los efectos nocivos del ruido y de su influencia negativa sobre la calidad de vida.
El ruido, desde el punto de vista médico, se puede considerar como el sonido capaz de originar daños tanto fisiológicos como psicológicos a corto, medio y largo plazo. La diferencia entre sonido y ruido es muy subjetiva, pues depende tanto de la sensibilidad y circunstancias de las personas como de aspectos culturales, sin olvidar las características del mismo: tono, intensidad, duración, etc. Así, un nivel elevado en una discoteca resulta aceptable si nos estamos divirtiendo; por el contrario, niveles muy bajos pueden resultar insoportables para la misma persona si intenta dormir o estudiar.
El exceso de sonido que altera las condiciones medioambientales de una determinada zona se conoce como contaminación acústica. El ruido generado por la actividad humana es el contaminante más frecuente de nuestro entorno y, a pesar de una creciente concienciación, determinadas actividades continúan siendo socialmente bien toleradas sin que se les dé la misma relevancia que a otros problemas ecológicos incluso de menor envergadura.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) cifra en 65 el número de decibelios (dB) máximo como límite de ruido soportable por el día, y 55 durante la noche. La actual normativa laboral considera que los efectos nocivos del ruido comienzan desde de los 80 decibelios, nivel a partir del cual se aplica la legislación referente a la protección de los trabajadores. Pero el incremento de los niveles de contaminación acústica en las últimas décadas no es exclusivamente un problema industrial, sino que ha traspasado los límites de las fábricas para invadir calles y domicilios. En España se calcula que al menos nueve millones de personas soportan niveles medios de 65 decibelios, siendo el segundo país, detrás de Japón, con mayor índice de población expuesta a altos niveles de ruido.
Cómo nos afecta el ruido
El principal efecto para la salud es la disminución de la audición por lesión de las células nerviosas del oído interno. Puede producirse por ruido muy intenso, aunque sea de corta duración, o bien por exposición prolongada cuando se superan los 80 decibelios y se alarga durante años. Inicialmente puede pasar de forma casi imperceptible, ya que comienza por los agudos, pero en caso de persistir puede llegar a afectar a las frecuencias conversacionales. Es un proceso irreversible que no tiene tratamiento, aunque la audiometría permite detectar precozmente lesiones en estados iniciales.
Pero el daño del ruido no se limita al oído, ya que puede afectar a la esfera psicológica con insomnio, fatiga, agresividad o estrés; efectos íntimamente relacionados con el carácter y que pueden repercutir en nuestro comportamiento diario, produciendo falta de atención y disminución de productividad. En casos extremos, puede repercutir en la memoria y aumentar las posibilidades de presentar hipertensión arterial.
La lucha contra el problema
Hasta hace poco la contaminación acústica no se consideraba como un problema al que hacer frente en las normativas de protección medioambientales, pero factores como la creciente industrialización o el aumento del tráfico han impulsado la elaboración de normas a todos los niveles orientadas a protegernos a nosotros y al entorno.
Algunas iniciativas tomadas en este sentido son la creación de mapas acústicos, el cierre de centros urbanos al tráfico y su habilitación para peatones, el uso de silenciadores en vehículos nuevos, la utilización de materiales absorbentes (fibra de vidrio), el montaje de máquinas con sistemas antivibratorios y un largo etcétera que tiene como fin conseguir una sociedad menos ruidosa.
La mejor manera de combatir el exceso de ruido es concienciándose con el problema y actuar en consecuencia. No tocar el cláxon en el coche o poner la música o la televisión a un volumen moderado son dos sencillas acciones con las que todos podemos contribuir para mejorar el bienestar general.
Debemos ser conscientes de los peligros de la contaminación acústica y protegernos eficazmente. En el trabajo, por ejemplo, debemos utilizar protectores auditivos si la actividad lo requiere; y, en general, no exponernos de forma prolongada a fuentes de alto nivel sonoro. En este sentido, las autoridades sanitarias han alertado sobre la detección en jóvenes, cada vez con mayor frecuencia, de alteraciones audiométricas características del conocido como trauma acústico, debido a una continua exposición a reproductores musicales tipo mp3.
Por último, una visita a tiempo al médico especialista puede evitar lesiones irreversibles a las que ahora quizás no damos importancia.
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