En el cerebro del sistema
El ojo que todo lo ve, el cerebro que todo lo controla. Así podríamos definir al dispatching central, una unidad que no pierde ni un solo detalle del funcionamiento de los oleoductos.
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Florentino González, responsable
del dispatching.
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Desde hace casi tres años, el moderno edificio ubicado junto a las instalaciones de almacenamiento de Torrejón de Ardoz, en Madrid, se ha convertido en la sede del Centro de Control de Oleoductos, es decir, en la base de operaciones del dispatching central. Su alto grado de automatización y la tecnología incorporada lo convierten en uno de los más eficientes de Europa.
La actividad del dispatching es constante, sobre todo en la sala de operaciones que, sin duda, es el corazón de este pequeño gigante. Desde aquí se operan 3.475 kilómetros de oleoductos vía satélite, comunicando refinerías y puertos de entrada con la mayor parte de las plantas de almacenamiento, a la vez que proporciona un sistema de abastecimiento seguro.
Florentino González, jefe del dispatching central, señala que “el abastecimiento de combustibles refinados siempre se ha de llevar a cabo dentro de unos parámetros de seguridad y de calidad. Es nuestra responsabilidad que la calidad de los productos que transportamos se mantenga durante todo el proceso dentro de las especificaciones legales al efecto y que, en todas las operaciones y maniobras necesarias, la seguridad esté en todo momento garantizada. Seguridad, control de calidad y capacidad de transporte, por ese orden, son nuestras premisas de trabajo”.
Gran parte del éxito de la seguridad en el transporte de CLH se debe a la utilización de los oleoductos, hoy en día considerados como el medio más seguro para el traslado de productos petrolíferos. Este transporte se realiza mediante un sistema cerrado que requiere un estricto protocolo en la entrada y retirada de producto. “Se trata de un proceso continuo, dinámico, que se detiene únicamente cuando hay que hacer alguna labor de mantenimiento o en casos de saturación”, asegura González, y añade que “hay que tener en cuenta que por un mismo conducto se sucede el transporte de diversos productos (gasolinas, gasóleos, etc.), lo que obliga a tener que tratar mezclas de estos productos (interfases) correctamente para evitar su contaminación. Para ello, siempre, antes de entrar en bombeo, exigimos certificados en origen con el detalle de sus características, lo que nos permite calcular el tratamiento a dar a cada interfase que formen, asegurando la calidad final de los productos entregados”.
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Un operador consulta los datos del oleoducto en la sala de control.
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Con la tecnología a cuestas
Pantallas de grandes proporciones, sofisticados programas de control y software, cámaras de vigilancia que operan a cientos de kilómetros de distancia, una iluminación que imita el proceso de la luz natural y un largo etcétera son las novedades que incorporan las nuevas instalaciones del dispatching de Torrejón. Pero no son las únicas.
Los procesos de comunicación son los auténticos protagonistas de este centro. Por eso, se ha apostado por una conexión vía satélite que garantice en todo momento la recepción y emisión de datos. Además, también cuenta con un total de 48 módem como sistema alternativo. "Otra vía de comunicación que hemos añadido son las líneas de datos. CLH dispone de estos dispositivos en todas sus plantas, por lo que hemos conectado el ordenador de la estación a esta red para asegurar que en ningún momento nos fallen las conexiones", afirma Florentino González.
Los próximos proyectos se centran en cambiar los sistemas de detección de fugas. Para ello, se ha adquirido un nuevo software orientado tanto a la localización de pérdidas como al control de la gestión en todos los procesos, "lo que nos permitirá ser más exactos en nuestro trabajo", apunta el jefe del dispatching central.
Entre las incorporaciones también se encuentra un nuevo sistema de training por simulador, destinado a la formación de los operadores ya que, debido a la complejidad de su trabajo, necesitan adquirir una amplia experiencia y soltura para determinar la calidad de los productos y la seguridad de las plantas y equipos.
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Vía satélite se controlan 3.475 kilómetros de oleoductos.
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Jugamos en equipo
Nada de esto podría funcionar correctamente si no hubiera un equipo humano detrás. La plantilla del dispatching central está integrada por 17 operadores, un especialista en detección de fugas, seis jefes de sala y el jefe del centro.
A pesar de que la función en el dispatching demanda grandes dosis de concentración y, en ocasiones, requiere de nervios de acero para hacerse con situaciones complicadas, Tania Duque, jefa de sala del centro, destaca que el buen ambiente reina entre los compañeros y, "ante las dificultades, cualquiera de nosotros echa una mano a quien lo necesite", afirma.
Las funciones de cada puesto están fuertemente estructuradas y jerarquizadas. Los operadores son los encargados de ejecutar las acciones, es decir, poner en marcha las bombas, parar los grupos de bombeo, controlar las presiones, las medidas de seguridad, el sistema de calidad (asistidos por el jefe de sala) referido a las separaciones de los productos y negociar con las refinerías los momentos de entrada de cada cargamento.
Por su parte, el jefe de sala valida todos los movimientos de los operadores y lleva la carga, en su mayor parte, de generar la documentación de todo el proceso de transporte. De alguna forma, es el encargado de dar paso al programa que éstos ejecutan, valora que éste sea realizable y determina en qué condiciones hay que hacerlo. Además, negocia los cambios de programación y se encarga del mantenimiento y del personal que está alrededor de la red, ya que son muchas las instalaciones, los kilómetros de tubería y la gente que trabaja en ellas.
Las instalaciones del centro están en pleno rendimiento 24 horas, 365 días al año. Para cubrir la constante demanda de trabajo se han organizado tres turnos diarios rotativos de ocho horas. Los operadores trabajan en ciclos de 9-5 (por cada nueve días trabajados se descansan cinco), mientras que los jefes de sala lo hacen en intervalos de semanas: cada cinco semanas trabajadas, descansan dos intercaladas, para no acumular el estrés que supone resolver incidencias en tiempo real.